PREGÓN DE GLORIA 2018

El reconocimiento colectivo cierra la noche. Es generalizado el aplauso, que no es más que el reflejo sonoro de las emociones. Los sentimientos más profundos cobran forma tras el discurso. Afloran de manera impetuosa antes de que rompan a modo de flor en el mes por excelencia de la ciudad. Es mayo, el período que también es dedicado a la Virgen. Pero la Madre es protagonista única antes y después, en un paseo que lleva de San Lorenzo al Alcázar Viejo, que conduce desde la Puerta del Puente a Almonte o Andújar. El color es la vida. Éste aparece en la palabra, que brota enérgica y bella en la voz de Joaquín de Velasco. Porque él es el encargado de anunciar el tiempo que comienza, si es que de algún modo no lo hizo ya. No es otro que el de Gloria, ése en el que definitivamente Córdoba es el cielo de los sentidos. Lo es junto a María.
La parroquia de San Miguel acogió en esta ocasión el Pregón de Gloria, que corrió a cargo de Joaquín de Velasco. Hermano de los Dolores y de la Buena Muerte, quien también es colaborador de diversos medios como La Voz de CórdobaABC o Cadena Cope, pronunció en la noche del sábado una disertación breve pero muy intensa. Y sobre todo, evocadora de una ciudad eterna; una villa sin fin tanto en la Historia como en lo que se refiere a sus raíces. Éstas son en gran parte de carácter devocional, y es lo que quiso recordar y ensalzar el anunciador del nuevo tiempo con un texto en el que predominó el verso. De hecho, la prosa fue testimonial y utilizada únicamente como acertado nexo de unión entre las diferentes poesías. Pretendía De Velasco alcanzar un elevado grado de lirica y lo consiguió.
Como es habitual, precedió al acto central de la noche en San Miguel la presentación del cartel de Gloria. Obra del artista sevillano Rubén Terriza, esta vez mostró, en una pintura, la salida de la hermandad del Rocío desde San Pablo. Tras descubrir la lámina a los asistentes, fue José Juan Jiménez Güeto, párroco de la Trinidad y canónigo de la Santa Iglesia Catedral, quien abrió el camino al cielo al que trasladó Joaquín de Velasco. El pregonero hizo precisamente eso, convertir en celestial a la Córdoba de los sentidos. Una ciudad que también lo es de emociones y fervor. Lo hizo tras un emocionante preámbulo en el que tuvo un recuerdo para el desaparecido Manuel Martínez Lagares, fallecido el pasado mes de diciembre. Surgió por vez primera entonces el sonido de la Banda de Música María Santísima de la Esperanza, que interpretó el Ave María de Giulio Caccini con adaptación de Cristóbal López de Gándara. La formación participó de manera activa durante el Pregón, pues en vez de ofrecer un concierto al inicio mostró su saber hacer en distintos momentos.
El tradicional saludo a autoridades y asistentes lo realizó Joaquín de Velasco de forma diferente y especial, con mención de diversas advocaciones o de los patrones y el custodio de la ciudad -San Acisclo, Santa Victoria y San Rafael-. Comenzó después el anuncio del período de Gloria, con una idea que fue constante: “El cielo tiene que ser una Córdoba soñada de la mano de una madre: la Concebida sin Mancha”. En efecto, el pregonero presentó a la ciudad como lugar celestial, siempre en compañía de la Virgen. Fue eminentemente mariano el texto, que no sólo englobó a las hermandades de Gloria sino también a advocaciones que forman parte de este período. Lo hizo con un brillante recorrido desde San Lorenzo al Alcázar Viejo, sin olvidar las ermitas o el Santuario de Linares, ya en las afueras.
“En Córdoba, casi como en ninguna otra parte, se funde con toda naturalidad gloria y penitencia”, expresó para iniciar su paseo por Córdoba junto a María. “Consuela ya tus dolores, hermosa Virgen del Rayo, que al otro lado del río Cristo ya ha resucitado”, expresó en verso sobre la corporación que realiza su salida cuando la Semana Santa aún no ha concluido. Continuó Joaquín de Velasco con las cofradías de San Álvaro y Linares antes de acudir a la Virgen de Fátima. “Un barrio joven, consagrado a una devoción universal que es también, cómo no, devoción cordobesa”, indicó antes de lanzar otros versos para presentar a esta hermandad. Después fue momento para mirar en cierto modo al exterior, con esa impronta que siempre deja la ciudad en sus peregrinaciones. “Rociero, ¿cómo suenan las campanillas de barro de la Fuensanta en la aldea cuando llega el simpecado?”, cuestionó el pregonero en poesía para buscar ya el camino a Almonte con la filial del Rocío. Si algo tuvo de interesante, además del propio contenido, el texto del anunciador de la Gloria cordobesa fue el uso de distintas métricas en sus versos: las adaptó a la singularidad de cada advocación, y en este último caso por ejemplo se asemejaron a las de unas sevillanas rocieras.
Camino de Andújar marchó tras pasar por la provincia de Huelva con la hermandad de Nuestra Señora de la Cabeza. “A esa bendita Virgen morena que cada final de abril recibe a sus hijos en el santuario, y que en mayo, en ese mes que Córdoba compuso para María, recorre las calles de la Axerquía”, apuntó antes de que sonara Morena y chiquita, de Miguel Rivera de la Rosa. Junto a San Franciso y San Eulogio siguió para adentrarse en la solemnidad de la Virgen del Amparo, de forma que rompió un orden cronológico que se propuso no mantener. Y dio el salto a otro barrio. “Es San Lorenzo un joyero que para Córdoba guarda como un preciado tesoro las devociones del alma”, dijo en verso para hablar de la Virgen de los Remedios, la de la Victoria y la de Villaviciosa. Todas ellas cobijadas por los muros del fernandino templo. Muy cerca de allí “cada mes de mayo, el cielo se vuelve más azul” en Salesianos, “y en el patio del colegio reina un dulce alboroto infantil”. Se refirió así a la salida procesional de María Auxiliadora antes de retomar los versos.
Su paseo por Córdoba siguió ante el Cristo de los Faroles. “Frente al Cristo de piedra en Capuchinos mil angelitos juegan en torno al Niño”, describió poéticamente la advocación de Nuestra Señora Reina de los Ángeles en sus Misterios Gozosos, titular de la Sangre. Y la Banda de Música María Santísima de la Esperanza interpretó La Sangre y la Gloria, de Alfonso Lozano Ruiz. De tan emblemático escenario saltó a otro como la plaza de la Corredera. “La Córdoba celestial tiene una plaza de abastos. Una plaza grande, medieval y porticada. Una plaza viva […] En la Córdoba del cielo esa plaza grande aún sigue siendo así. Y como terrena, tiene una reina, Virgen y Madre”, expuso para hablar de la Virgen del Socorro. En su marcha acudió entonces al Alcázar Viejo, al encuentro de Nuestra Señora del Tránsito. “Al otro lado de la Córdoba del alma, la bendita Virgen tiene un pequeño y hermoso pueblecito de casas bajas y paredes encaladas. Un pueblo intramuros que estalla en flor en primavera, y que en verano huele a dama de noche, jazmín y nardos. El lugar que la Madre de Dios escogió para subir a los cielos”, señaló en prosa.
“Mirad cómo va dormida, y al cielo de San Basilio los ángeles en concilio la llevan en su subida”, continuó ya en verso, y esto es como en el resto de casos un extracto, para hablar de la Virgen del Tránsito. Comenzó a sonar entonces La Virgen del Carmen, de Rafael Wals Dantas. “¿Creías que te había olvidado? […] ¿Cómo te iba yo a olvidar? Si tú estás siempre a mi lado, si en tu manto cobijado me tienes, Reina del mar”, destacó de nuevo en poesía. El epílogo había de serlo también lírico. “Ésta es la Córdoba eterna, una ciudad enamorada que reza y canta a su Virgen en cada calle empedrada”, resaltó antes de aproximar a los oyentes a otras muchas advocaciones: la Divina Pastora de Almas (Vera Cruz), la Virgen de Araceli (con filial en Córdoba) y la de la Alegría en su ermita, el Corazón de Jesús, la Virgen de Nazaret y la de Belén. Y por supuesto San Rafael. “Que Córdoba es Nazaret y es Belén, y es Tierra Santa y es Jerusalén del cielo, con templo y puerta dorada, y un arcángel protector que en cada triunfo la guarda”, recitó. “El cielo tiene que ser esta Córdoba soñada”, quiso recordar antes del tradicional “he dicho” final.

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